Yeray-Muad'Dib Blog  

Un caótico depósito de reflexiones, recuerdos y paridas mentales.

Programas buenos, programas malos y motos de luz 24 de marzo de 2007

Creo que, quien más quien menos, todo el mundo tiene un puñado de pequeños "pecados cinematográficos": películas que, aun sabiendo que son flojas o incluso realmente malas, uno les tiene cariño por una serie de motivos personales o sentimentales. Uno de los míos es Tron, de Steven Lisberger. La volví a ver hace unos cuantos días, y me pareció incluso más floja de lo que recordaba, pero un poco más abajo expondré los motivos por los que creo que es una pequeña joya del cine fantástico.

Para los que no la conozcan, se trata de un filme de 1982 en el que se narra la historia de un joven programador de videojuegos, Flynn, que es abducido al "mundo electrónico" que reside en los ordenadores por el malvado ordenador central de su antigua corporación. En ese mundo paralelo entra en contacto con los programas, que tienen el aspecto de sus creadores, y que son obligados a luchar entre sí por los caprichos del ordenador central y sus programas secuaces. Sólo el programa Tron, creado por un amigo de Flynn en la vida real, tiene el poder suficiente para liberar al mundo electrónico del yugo del malvado ordenador central.

Ya lo sé: puesto de esta forma, la peli parece un bodrio infumable, pero el concepto tenía los elementos suficientes como para convertirse en una hermosa fábula tecnológica (algo así como un cruce entre "La princesa prometida" y, ehem, "Matrix") de no haber sido por el estúpido empeño de guionistas o productores por hacer que los protagonistas les molasen al público juvenil, mediante chistes idiotas y arquetipos manidos. Por ejemplo, el co-protagonista, Flynn, lo reducen al típico rebelde-ligón-guaperas-chistoso de cientos de millones de películas. Y desde luego, alguien tuvo que haber despedido a tiempo a los responsables de los diálogos.

Pero más allá de los problemas de la historia y los personajes, hay mucho más en Tron. En primer lugar, unos conceptos visuales realmente colosales, por obra y gracia de dos vacas sagradas de la creación gráfica: Moebius (el alucinante dibujante francés responsable de la obra magna del tebeo europeo, "El Incal"), y Syd Mead (en efecto, el de "Blade Runner"). La estética del mundo electrónico, pese a las limitaciones inherentes a la tecnología del momento, es extraña, onírica e intemporal, y algunas imágenes tienen una belleza sorprendente.

Por otro lado, es un auténtico hito tecnológico. La infografía aún estaba en pañales en aquel entonces, y el modelado 3D se hacía mediante descripciones geométricas y topográficas. Para las animaciones, había que introducir a mano las coordenadas espaciales de todos los objetos en cada fotograma. Teniendo todo esto en cuenta, es un logro faraónico que algunos fondos y escenas tengan tanto nivel de detalle, y que la mítica escena de las motos de luz transmita una sensación de movimiento tan vertiginoso.

Pero hay otra razón por la que le tengo un cariño especial a esta película. Mi auténtica motivación al encaminar mis pasos académicos y profesionales hacia los ordenadores fue la infinita capacidad creativa de estas máquinas, y porque me gusta pensar que tras esa fría y opaca fachada de ventanas e iconos (o, en su día, lineas verdes de texto sobre fondo negro) se oculta un inmenso universo que puede maravillarnos o incluso inquietarnos. En parte, Steven Lisberger plasmó esa misma filosofía en Tron, en un tiempo en el que la informática era incluso más oscura e insondable que la de hoy en día. Y la prueba de que su universo electrónico tiene vigencia más allá de las limitaciones del pobre guión de la película está en el soberbio videojuego Tron 2.0, que recupera la estética y algunos conceptos para llevarlos a la informática de nuestros días, y permitirnos interactuar en él en primera persona, en una experiencia sensorial y emotiva realmente impactante.

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