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El maestro Allen (1): Desmontando a Harry 29 de septiembre de 2007

Aunque a muchos les reviente su personaje de hombrecillo histriónico, paranoico e hipocondríaco, no se puede negar que Woody Allen pasará a la historia del cine contemporáneo como uno de los creadores más prolíficos y personales. Y como ha hecho algunas de mis pelis favoritas, voy a dedicarle una pequeña serie de posts.

Y empezaré por Desmontando a Harry (1997). Es una de las menos conocidas por el público en general, pero yo creo que se merece un honor en su filmografía.

Lo primero que llama la atención del filme es la curiosa forma en la que están montadas algunas de las secuencias: entrecortadamente, como si se hubiesen concatenado al azar los pedazitos de metraje. Esto se relaciona con la personalidad del personaje protagonista, que probablemente es uno de los retratos más autobiográficos del propio Allen y que, como no podía ser menos, interpreta él mismo.

Este protagonista, Harry Block, es un escritor que se encuentra en plena crisis personal, sentimental y profesional. Es en esa coyuntura cuando su antigua universidad decide rendirle un homenaje que se no hace sino incrementar su desasosiego y desconcierto. A medida que organiza el viaje se nos muestran algunos pasajes de su obra, todos ellos inspirados de forma más o menos directa en la propia vida de Block, y presentados en forma de sketches. A su vez, los personajes de estas mini-películas (los cuales tienen contrapartida "real" en familiares o amigos del protagonista) interactúan con el propio escritor, a modo de personificaciones de su subconsciente. El viaje hasta la universidad es todo un viacrucis en el que se debe enfrentar a todos sus demonios y pecados pendientes: amigos medio olvidados, familiares resentidos, antiguas relaciones sin cicatrizar... todo ello con la extraña compañía de un amigo tan desamparado como él, un hijo "secuestrado" y una puta no precisamente discreta.

Un podría pensar que se trata de una de esas piezas existencialistas y Bergmanianas de Allen, pero todo lo contrario. La película es divertida y fluida, y los elementos existencialistas son tratados con la ironía propia del autor. De hecho, es de esta película una de sus frases más brillantes: las dos palabras más bonitas que existen no son "te quiero", sino "es benigno".

Mención aparte merece el reparto: actores de sumo prestigio comparten reparto con nombres famosos del star-system y otras figuras de culto menos conocidas. Sin duda, dos de las apariciones más memorables son las de Billy Crystal como Señor de los Infiernos y Mariel Hemingway como madre conservadora, en lo que es casi la involución de la fresca y encantadora adolescente de Manhattan.

En resumen: toda una joya en la filmografía del ilustre neoyorquino, y un despliegue de ironía, melancolía y talento interpretativo.


Próximo capítulo: Días de radio

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