| Peggy Guggenheim: por amor al arte | 7 de octubre de 2008 |
Creo que a todos, al oír la palabra Guggenheim, nos viene a la cabeza una instantánea del museo de extrañas curvas de Bilbao o el del cucurucho invertido de Nueva York. Estos dos grandes museos forman parte de la Fundación que creó Solomon R. Guggenheim, un empresario filántropo y miembro de una prominente familia americana. Su hermano Benjamin, muerto en el naufragio del Titanic, fue el padre de la mujer a la que he dedicado este pequeño post, Marguerite "Peggy" Guggenheim.
Tras morir su padre, Marguerite heredó una importante suma de dinero a los 21 años, pero su fortuna era mucho más reducida que la de otros miembros de su poderosa familia. Trabajó en una librería de libros avant-garde, donde empezó a familiarizarse con el ambiente bohemio de principios de siglo. Fue a Paris en 1920, donde conoció a importantes miembros de la vanguardia parisina como Brancusi, Duchampo o Man Ray, para quien posó.
Su boda en 1921 con Laurence Vail fue el inicio de una relación tormentosa y violenta, en la que se sucedían los insultos y los maltratos físicos. Laurence incluso llegó a arrastrarla por la calle, untarle el pelo con mermelada o arrojarle objetos durante la cena en un restaurante. Tras siete años de matrimonio, Peggy empezó a coleccionar tanto arte como artistas: se sentía tan orgullosa de sus aventuras sexuales que, respondiendo a la pregunta "¿Sra. Guggenheim, cuántos maridos ha tenido?", respondía "¿Míos o de otras mujeres?”.
En 1938 inaguró en Londres la galería Guggenheim Jeune con obras de Cocteau, y al estallar la Segunda Guerra Mundial empezó a coleccionar todo el arte abstracto y surrealista que le era posible. Organizó exhibiciones Kandinsky, Henry Moore, Max Ernst, Picasso y Bracque, entre muchos otros. Tras un año decidió cerrarla por las pérdidas económicas, y empezó a planear algo más ambicioso: la creación de un auténtico museo en París. Mientras hacía preparativos para la adquisición del edificio y la obtención de fondos, adquirió diez Picassos, cuarenta Ernsts, ocho Mirós, cuatro Magrittes, tres Man Rays, tres Dalís y un Klee, entre otros.
Más que un negocio o una afición, la recolección de obras se convirtió en una obsesión, y estuvo a punto de caer por la Wehrmacht mientras buscaba ávidamente una obra concreta. A los pocos días de ser tomada por los Nazis, Peggy huyó y tomó rumbo a Nueva York, donde abrió la galería (en parte Museo) The Art of This Century. De las tres salas, sólo una de ellas tenía caracter comercial. Las obras de las otras dos salas estaban sólo en exhibición. Durante esta etapa Peggy apadrinó a artistas modernos como Pollock y Max Ernst, con quien se casó en 1942.
Tras la Segunda Guerra Mundial cerró la galería y volvió a Europa. Fue invitada a la Bienal de Venecia, donde adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, que convirtió en su museo y que hoy en día sigue albergando una de las coleccciones de arte moderno más importantes de Europa.
Durante su época en Venecia Peggy creó su propio personaje y labró una imagen excesiva, promíscua, tacaña y extravagante. Llegó a hacer de taquillera para sus fiestas, y controlaba al servicio la cantidad de bebida almacenada, para evitar hurtos. Sus gafas de mariposa y sus perrillos se convirtieron en símbolos reconocibles.
También tuvo su faceta de escritora: en su autobiografía Confesiones de una adicta al arte desmenuza y desmitifica frívolamente al pomposo y extravagante mundo de los artistas modernos. La gran Dama del surrealismo, muerta en 1979, está enterrada en su jardín, junto a sus catorce queridos perros, para los que escribió el epitafio Aquí yacen mis adorados bebés.
Si les interesa el perfil de esta señora, hay una pequeña (y algo sosa) biografía en la Wikipedia, y un espléndido artículo en el ejemplar de septiembre de la revista Historia y Vida.
Etiquetas: arte y cultura, gente






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